Los días más oscuros de nosotras: la sororidad que necesitamos | Opinión

Este fin de semana los astros se alinearon para que las redes sociales se llenaran de denuncias hacia agresores y hombres violentos. La youtuber Nath Campos a raíz de su declaración de abuso desató una ola de señalamientos y declaraciones hacia diversos agresores, alentando a que más y más mujeres alzaran la voz. A la par, la la opera prima de Astrid Rondero estrena en algunos complejos con un mensaje importante: juntas somos más fuertes, y sólo juntas sobreviviremos al aún ‘mundo de los hombres.

Los días más oscuros de nosotras nos cuenta la historia de Ana, una arquitecta que debe regresar a su natal Tijuana para estar a cargo de una obra. Este retorno al lugar que alguna vez fue su hogar le trae recuerdos dolorosos relacionados con la muerte de su hermana, al mismo tiempo que se encuentra con Silvia, una mujer que le renta la que fuera la casa de su infancia y está empeñada en comprarla por razones que no quiere compartir con nadie. Con vidas tan diferentes, lo que en verdad las une es el cargar el peso de una sociedad injusta con las mujeres, compartiendo así los días más oscuros que sólo nosotras hemos experimentado a cualquier edad.

La directora apela que lo importante de sus personajes es que son mujeres comunes, no hay nada extraordinario en ellas, no son de clase altísima ni pertenecientes a la realiza, simplemente desde sus espectros tratan de lidiar con sus pasados, aterrizar sus presentes y configurar un mejor futuro en el que los hombres no les metan el pie.

En cuanto a Ana, ella representa el ser una mujer poderosa en una industria de hombres. El primer encuentro entre la arquitecta y sus trabajadores es brutal, se necesita un sólo encuadre medio de espaldas a la protagonista mientras atraviesa una obra en construcción en el que comienza a recibir silbidos y comentarios acosadores, para que se sienta la tensión que más de una mujer hemos experimentado cuando pasamos cerca de un grupo de hombres, en especial, de trabajadores así. Es imposible que al ver este momento no se venga a la mente las cientos de veces que he tenido que experimentar esa sensación. El giro a esto viene cuando a los acosadores se les anuncia que Ana es su jefa, la que manda y a la que tienen que obedecer, no saben cómo reaccionar, porque tal cómo mencionó la productora de la cinta, Fernanda Valadez, ‘los hombres aún no saben qué hacer o cómo comportarse ante una mujer con poder’.

Pero la presentación es sólo la punta de los problemas que enfrentará Ana, puesto que el sexismo dentro de su lugar de trabajo a penas comienza; porque si un hombre en un puesto con poder es firme, es un cabrón en el buen sentido, si una mujer en un puesto de poder es firme, es una histérica, una pinche bruja. Ana, termina por ser la bruja en la construcción, violentada por hombres morbosos, por hombres que no respetan su autoridad y sobre todo por hombres malagradecidos.

Por otra parte, en este espectro de la construcción, también podemos aplaudir que la directora y guionista no sólo centra su lente en la humillación a la que Ana es sometida día tras día, sino que también recalca que el mundo machista acaba con los hombres. Es muy cierto cuando decimos que el patriarcado también los está matando, y este ambiente de violencia, acoso y burlas en cuanto a la masculinidad no deja que como sociedad evolucionemos.

Una analogía que me parece importante mencionar, es el de una perrita que llega a la construcción en donde Ana labora. Los trabajadores, son detestables con ella, le avientan piedras, la corren, la asustan, la golpean, la hacen sentir que ese no es su lugar. No se necesitan más palabras para relacionar que estos momentos son justo como los hombres tratan a las mujeres en espacios que consideran que no les corresponden. Tan sólo la productora experimentó uno de estos comentarios fuera de lugar por parte de su crew. Durante una sesión de preguntas y respuestas Fernanda contó que en algún momento de la filmación se encontraba lavando los trastes, así que un aprovechado, a pesar de estar consiente del puesto que tenía Valadez, no perdió oportunidad y le dijo: ‘Ya te mandaron al lugar que de verdad te toca’. No es ficción, es la realidad que muchas vivimos.

Pasando a la línea de Silvia, es inquietante como a pesar de tener que lidiar con un exesposo que la atormenta, un trabajo nocturno que la denigra y la preocupación por recuperar a su hija, ella es luz. Los momentos de Silvia en pantalla son luminosos, no sólo por la representación de la actriz sino por la técnica. Tijuana se presta para regarle una luz cálida que la acompaña en cada aparición. Silvia por su parte demuestra la incansable lucha de una madre por estar con su hija, como el sistema te hace creer que tu cuerpo es una moneda de cambio y así como muestra lo luminoso de la ciudad, también destaca lo más detestable que tiene su vida nocturna.

En cuanto a la técnica, creo firmemente que es notorio cuando una mujer está detrás de un lente acompañada por una dirección precisa. Las escenas sexuales se presentan con ternura, descubrimiento y pasión, lejos de los ojos morbosos que están extasiados con ver a dos mujeres besándose. Esto siempre merecerá un agradecimiento especial.

Finalmente las últimas líneas de Ana en la película caen como anillo a los temas tocados el fin de semana: ‘Mi hermana no murió en un accidente… había un hombre… no se lo dije a nadie… sólo lo olvidé.’ Esa es la realidad de muchas mujeres que cargan con un pasado oscuro en el que vivieron o presenciaron abusos, sólo tratan de olvidarlo, de seguir y no estarlo remembrando. De no decirlo en voz alta por miedo a que no les crean, a que las revictimicen, las ataquen, las amenacen y las vuelvan a humillar. Es por ello, que sin querer, Los días más oscuros de nosotras y el caso de Nath Campos se complementan la una a la otra, para recordarnos que el mundo en que vivimos aún sigue siendo peligroso y que sólo la unión entre nosotras puede salvarnos.

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